El pasado quince de abril murió nuestro compañero Ángel Sierra, Cuco, nuestro Cuco. Han sido muchos años compartiendo con él un intenso y apasionante trabajo en el Ceper “María Zambrano” de esta ciudad. Nos queda la certeza de que en esta tarea que ha logrado convertir el “María Zambrano” en uno de los mejores Centros de Educación Permanente de Andalucía, Cuco contribuyó decisivamente con su vitalismo, alegría, amor al teatro y con su comprensión y tolerancia hacia profesores y alumnos. Es muy difícil ver el vacío donde hubo un luminoso y desplegado vuelo. Pero en la aceptación del hueco inevitable nos consuela la memoria de todo lo que con Cuco hemos vivido. Dice el diccionario que el cuco es un pájaro pequeño, de color gris y azulado por encima, y en otra acepción, que cuco es algo bonito o que está bien hecho, y que es cuco aquel que es hábil para engañar o soslayar el engaño. Pero Ángel, nuestro Cuco, mostraba la habilidad de evitar cualquier crispación y de fomentar la concordia, y su única pequeñez era una gestualidad discreta y pacífica que lo engrandecía y dignificaba. Todos, los muchos que le quisimos, recordaremos siempre la alianza sencilla, bondadosa y clara que Cuco estableció con el mundo. En nuestra Comunidad Educativa hay bandadas de sueños, sentimientos y esperanzas que cada día renuevan su compromiso con la voluntad del aprender. Es el ejercicio de una libertad individual y colectiva, y esa conquista humana y educativa es la suma de múltiples esfuerzos, de cuantiosas aportaciones pasadas, presentes y futuras. El vuelo de nuestro Cuco ahora es invisible, pero planea entre nosotros con su tangible recuerdo y nos estimula a seguir. Deseamos que Cuco esté ahora en algún cielo, dentro del escenario de algún paraíso recobrado; entre bambalinas, en medio de un vibrante verano que promete el regreso a las aulas, en flor de comedia inagotable, en tiza de gloria, en eterno y maravilloso baile con ritmo y letra y piel enamorada, y también sentimos y sentiremos que está aquí, que no se ha ido, amable, dulce y querido pajarillo de nuestra evocación, tembloroso de risa, hecho al dictado y a la medida de la felicidad, Cuco, nuestro Cuco, sin olvidarte.
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